La independencia que hoy conmemoramos no fue el punto final de una historia que avanzaba inevitablemente hacia la formación del Uruguay. Fue, más bien, parte de un tiempo en el que los horizontes políticos todavía estaban en disputa, dado que en 1825 no existía todavía la nación uruguaya tal como hoy la pensamos, ni la soberanía era una realidad consolidada.
La Declaratoria de Independencia expresó una voluntad política que se definía frente a vínculos y dominaciones concretas en medio de un proceso abierto, incierto y conflictivo.
Esa complejidad es aún visible en el presente, mientras transitamos un ciclo de conmemoraciones del Bicentenario, dedicado a revisar los distintos momentos del proceso de creación de la República, dado que no hay acuerdo unánime, al igual que hace ya 100 años, acerca de qué acontecimiento debería fijar el comienzo del Bicentenario.
El año 1825 remite a la Declaratoria aprobada en la Florida; 1828, a la Convención Preliminar de Paz, y 1830, a la jura de la primera Constitución. Estas tres fechas, entre otras posibles, señalan momentos decisivos, pero también responden a diferentes formas de definir el proceso de construcción de la independencia. La propia discusión acerca del Bicentenario muestra, por lo tanto, que el pasado no se presenta ante nosotros organizado de manera natural: toda periodización supone decidir dónde comienza y dónde termina un proceso, qué acontecimientos adquieren centralidad y qué significados les atribuimos.
Las fechas patrias suelen ser momentos propicios para recordar, y forman parte de una memoria que la escuela ha contribuido a construir y transmitir, pero su abordaje en el aula habilita también la oportunidad de interrogarlas. Su potencia reside en la posibilidad de recuperar la complejidad de aquello que se conmemora, de devolverle al pasado la incertidumbre que tuvo para quienes lo vivieron y de examinar las imágenes, los relatos y las palabras mediante los cuales fuimos aprendiendo a recordarlo.
En ese sentido, la pintura puede ofrecer una posibilidad de abordaje particularmente fecunda. No como ilustración del texto escrito o del discurso oral, sino como un texto visual que produce sentidos propios. La historiografía del arte y de la cultura visual ha insistido en la necesidad de considerar las imágenes como producciones históricas y no como simples ventanas abiertas hacia el pasado o representaciones transparentes de aquello que muestran, dado que participan en la construcción de las formas en que una sociedad imagina, recuerda y comprende su historia.
Asamblea de la Florida, de Eduardo Amézaga, óleo sobre tela, 1943-1947.
A manera de ejemplo, la obra de Eduardo Amézaga arriba referenciada representa la sesión de la Sala de Representantes reunida en la Villa de la Florida el 25 de agosto de 1825, realizada más de un siglo después de los acontecimientos. Esa distancia, lejos de restarle valor histórico, puede constituir uno de los principales motivos para detenerse en ella.
La pintura no nos permite contemplar directamente la Declaratoria. Nos muestra, en cambio, cómo hacia mediados del siglo XX se imaginó y se construyó visualmente aquel momento. Amézaga debió representar un acontecimiento del que no existía un registro gráfico contemporáneo y recurrió, para ello, a un trabajo de reconstrucción que incluyó el estudio de los retratos conservados de algunos de los delegados. La imagen, por lo tanto, no es el acontecimiento: es una interpretación posterior sobre el acontecimiento.
Allí reside una de sus mayores posibilidades para el aula de Historia, porque nos habilita a formular otras preguntas.
La composición organiza las miradas y los cuerpos entorno a la mesa central. La disposición de las figuras, la sobriedad de la escena y la jerarquía de los personajes otorgan al acto un carácter solemne. La independencia aparece, de ese modo, asociada a la palabra, a la decisión y a la institucionalidad.
Pero ninguna representación agota el pasado. También podemos preguntarnos por otras decisiones del artista: ¿Qué queda fuera de la escena? ¿Quiénes protagonizan esta imagen de la independencia? ¿Qué otras presencias, conflictos y experiencias quedan fuera del cuadro? ¿Qué idea de la comunidad política se construye cuando el momento fundacional es representado, fundamentalmente a través de los hombres reunidos para deliberar?
Estas preguntas no buscan desacreditar la obra ni reducirla a una ficción. Por el contrario, permiten reconocerla como una fuente histórica en sí misma.
Así, esta pintura habla de 1825, pero también de la época en que fue producida y de la necesidad de dar forma visual a un acontecimiento considerado fundamental en la historia nacional. Como ha mostrado la historiografía del arte, las imágenes no sólo recuperan el pasado: intervienen en la manera en que ese pasado se vuelve visible y significativo para las generaciones posteriores.
La pintura puede, entonces, constituirse en un recurso válido para introducir una clase antes de que aparezcan las explicaciones. Puede ser el comienzo de un recorrido y no su cierre. Mirarla detenidamente supone advertir que cada elemento de la escena propone una determinada lectura: los cuerpos, los gestos, el espacio, las ausencias, la distribución de las miradas, entre otras posibilidades. Y habilita a incorporar luego la información que permita comprender las circunstancias en que fue producida, y confrontar esa construcción visual con otras fuentes, escritas o visuales, sobre el acontecimiento.
En este aniversario, volver sobre el 25 de agosto puede significar también volver a mirar. Mirar el acontecimiento, pero también las imágenes con las que hemos aprendido a imaginarlo. Preguntarnos cómo se construyeron, qué aspectos del pasado volvieron visibles y cuáles permanecieron en los márgenes.
Sabemos que recordar no implica únicamente repetir. La conmemoración puede ser también una oportunidad para interrogar aquello que creemos conocer. Quizá allí resida una de las tareas más importantes de la enseñanza de la Historia: lograr que incluso las fechas que parecen más familiares recuperen su complejidad y que el pasado, antes de quedar convertido en una respuesta definitiva, se abra a plantearnos preguntas, considerando que, además, una comunidad no se define solamente por el pasado que celebra, sino también por las preguntas que se permite formular acerca de ese pasado.
Profesora Elisa Rodríguez
Bibliografía de referencia
Cabrera, I. (2025, 25 de agosto). Imágenes de la Independencia: dos miradas sobre la Asamblea de Florida. Ministerio de Educación y Cultura. https://www.gub.uy/ministerio-educacion-cultura/comunicacion/noticias/imagenes-independencia-dos-miradas-sobre-asamblea-florida
Cresci, C. (2026, 18 de junio). Eduardo Amézaga y su imagen de la independencia. Uruguay Educa. https://uruguayeduca.anep.edu.uy/recursos/primaria-3o/eduardo-amezaga-y-su-imagen-de-la-independencia
Malosetti Costa, L. (2022). Retratos públicos: Pintura y fotografía en la construcción de imágenes heroicas en América Latina desde el siglo XIX. Fondo de Cultura Económica. Ficha bibliográfica en Fondo de Cultura Económica

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